[lang_gl] TINTA DE TORO. Viños de Toro (publicado no Magazine hai anos…)[ lang_gl]

SANGRE DE TORO/EL VINO DE COLÓN/EL LUGAR DEL VINO/TINTA DE TORO

Buscar el origen del propio apellido puede conducirlo a uno a lugares extraños. A mí me llevó a una ciudad tan fantástica como real, una ciudad casi suspendida en el aire, en equilibrio sobre un suelo hueco; palacios y casas que se levantan hacia el tejado, y que descienden hacia la bodega. Tantos tejados como bodegas. Se llama Toro y su nombre lleva dentro el sol de Zamora y el color de la sangre más tinta y espesa.

Para conocer Toro subí a la Torre del Reloj, sobre un arco de entrada a la ciudad, una torre repleta de palomas, la campana que anunciaba la queda, la hora de cerrar las puertas de la ciudad al anochecer. Así vi desde su misma altura las torres de la monumental Colegiata, de las ¿28? iglesias y conventos y los tejados de los palacios y casas. Toda la pequeña y antigua ciudad es una joya y la vista desde la fortaleza hacia abajo, el río Duero, es impresionante. Toro existe por ese río, una línea de frontera natural, y por su antiguo puente romano, y existe porque es una fortaleza natural. Toro vigila una frontera y un puente.

Al bajar de la torre y de la altura de los pájaros paseo al nivel del suelo acompañado de José Navarro Talegón, verdadero custodio del patrimonio de la ciudad, y éste me hace observar como en cada fachada hay un respiradero a la altura del suelo, “es de la bodega”. Y luego fui reparando en todos ellos al caminar: todo Toro está horadado por debajo. Como si cada edificio se levantase sobre un hueco, como si cada masa construida tuviese debajo su sombra, su doble etéreo, pues esas bodegas están hoy vacías en su mayor parte. Sin embargo toda la ciudad se levantó de un mismo modo, primero se cavó una bodega y luego sobre ella una casa, un palacio o un convento. En un principio fue el vino. Las guías de viaje me hablaban de los numerosos monumentos de la ciudad expuestos a la luz de ese sol duro, incluso citan el vino pero omiten lo escondido, el Toro subterráneo. Quise conocer la sombra oculta de la ciudad, “lo mejor que tiene el sol es la sombra”, me dijo más adelante un labriego de Morales, así que le pedí a José Navarro que me ayudase a bajar a esa zona oscura sin la que no se puede comprender Toro. El lugar del vino, la bodega cueva: la fuente.

¿Pero qué es el vino? Es el sol que sintetiza azúcar dentro de la uva, el azúcar que fermenta y madura. El vino es sol que recibe la tierra y transforma en sangre que circula por la viña y que bebemos. Este vino tinto es este sol fuerte que cubre esta tierra seca con tantas horas de sol como Almería (aunque por la mañana hace fresco y oigo a la gente comentarlo quejándose, debiera agradecerlo). Tierra de sol, tierra de vino desde siempre, en …………había ………………bodegas en la ciudad. No sólo era un producto de exportación abundante, también tenía prestigio, (rey Alfonso X……..), y aquí tienen a gala recordarnos que era el vino que llevaba Colón en su carabela (aunque, francamente, ¿quién tiene tanta memoria para recordar tal cosa cuando no hay documento escrito que lo atestigüe? Pero dejémoslo así, es bien posible que Colón y su marinería se mandaran unos vinos tintos para celebrar que veían tierra al fin).

Y me ayudó, me fue llevando de puerta en puerta, de bodega en bodega. Antes querría tener una información oficial de los vinos, “ah, pues vamos al Consejo Regulador de los vinos de Toro”, que está en el palacio de los Condes de Requena y tiene un patio plateresco realmente hermoso con capiteles tallados en piedra arenisca donde se amontonan figuras de gente cazando, otros dando capotazos a toros y racimos de uvas. Allí le proporcionan a uno información, las cosechas, las catas, la producción, las bodegas, los 1.291 viticultores, los recortes de prensa que reseñan la calificación de “excelente” de la añada del 2008. Ochenta catadores, prácticamente todos varones, se sentaron muy serios, bebieron de doce vinos y diagnosticaron. Desde luego ningún bodeguero difundiría información que calificase mal a su vino, pero la encargada de informarnos nos detalla que la excelencia de la cosecha fue debida a llovió mucho en primavera e hizo mucho sol en verano. Mucho de todo. Como prueba de esa calidad me ofrece una botella de vino tinto. Resisto el impulso de abrir la botella ya, aunque veo que en los bares de la ciudad hay gente que ya abre el día con un vaso, porque lo que verdaderamente quiero ver es la bodega, ¿tiene bodega este antiguo palacio? Claro, como las demás casas, palacios y conventos.

Bajamos por las escaleras excavadas en la piedra y cubiertas con ladrillos. Todo está limpio e iluminado lo que antes fue lóbrego y oscuro, es una bodega fuera de uso y que alberga botellería ordenada por añadas, bodegas y tipos de vino. Es un lugar aséptico, la única nota de vida la da un pajarillo, un “carbonero” que se ha colado por algún hueco y parece que ha anidado allí. Apagamos las luces y lo dejamos en su secreto, probablemente en el piso de arriba no saben quien es el duendecillo que guarda la vieja memoria de la bodega.

Vamos a ver bodegas, queremos ver bodegas. La Posada de la Reja Dorada fue palacio de los Montroy, carga con la leyenda de Antona García que traicionó a la ciudad, enfrentada a Isabel de Castilla, y que inverosímilmente fue ahorcada en una reja de su propia casa. Nos saltamos el portal donde nos ofrecen vinos y recuerdos típicos toresanos y bajamos a la bodega. De nuevo es el recuerdo de lo que fue, está limpia, arreglada, unas muestras de los distintos tipos de cepas, algún instrumento de trabajo en las viñas y unos barriles nuevos recuerdan lo que fue, lo que hubo. En esas cuevas llegó a haber cubas de mil cántaros, cada cántaro dieciséis litros. No es esto, no es esto aún, se lo dejamos al turista y seguimos buscando.

Vamos a una bodega muy conocida, “Fariña”, un apellido que llegó desde Ourense hace algunas generaciones, se levantó en el pago “El Palo” en las afueras de la ciudad pero con los años se ha ido viendo rodeada de naves industriales. Bernardo Fariña nos relata la historia de una bodega que resume muy bien la historia reciente de los vinos de Toro, como Manuel Fariña, su padre, estudió enología en Valencia, él mismo hizo lo propio en Burdeos, y de vuelta en Toro se enfrentó al diagnóstico oficial de que allí nunca se podrían elaborar vinos de calidad partiendo de la uva tinta de Toro y que para ello habría que arrancar las cepas y plantar uvas foráneas, francesas, y defendió que la variedad local, además de estar adaptada, si se cultivaba y elaboraba adecuadamente, controlando maduración y fermentación, daría buen vino. Ese fue el dilema que afrontaron estos vinos a partir de ese momento, que dirimió en el año 82 cuando se crea la Denominación Específica y que se selló ya en el 87 la Denominación de Origen. De la resistencia estos vinos han pasado a la existencia pujante. Sus cepas resistieron a la filoxera a principios del siglo XX, gracias a un suelo arenoso que no era favorable al gusano, y el vino resistió desde entonces como un vino fuerte, espeso y con graduación que se exportaba a Francia, Galicia, Asturias, Castilla y León como vino de mesa o para mezclar con otros de menos graduación. Un vino bruto que fue bebido por generaciones que hicieron el servicio militar en “milicias” en el cercano campamento de Montelareina. Hoy, tras la transformación vivida en los últimos veinte años, es otro vino con un prestigio que ha atraído a bodegueros ilustres, Bernard Magrez, ¿Michelle Rolland? o el actor Gerard Depardieu.

Pero aún no es esto, esta moderna bodega de “Fariña” no es lo que busco, como en la novela de Julio Verne, necesito bajar al centro de esta tierra. Y al fin consigo entrar en la bodega de la Casa de la Nunciatura, es del siglo XVI pero desde entonces pasaron muchos años y ahora vive allí Gildo con su mujer. Gildo lleva desde niño cosechando, cargando y pisando uva, todavía elabora para los amigos un poco de vino tinto, blanco, coñac y hasta cava. “El vino se disfruta haciéndolo, bebiéndolo, regalándolo. Y como sale bien es cantando.” El vino es su vida, aunque una vez cayó por un respiradero de la bodega, catorce metros de caída, afortunadamente el santo de aquel día era el Ángel de la Guarda y el santo estuvo atento. Nos muestra su cueva mágica, piedra cavada, gastada, ahumada por antorchas para “matar el vaho”, fuego que espantaba el ¿anhídrido carbónico? que intoxicaba a quien bajaba cuando fermentaba el vino. La uva se echaba desde la calle hasta la bodega por un respiradero, la “zarzera”, ¿pero cómo se subía el vino desde tan abajo por unas escaleras tan estrechas? Los “liadores” o “sacadores”, que fueron una cofradía medieval toresana y luego trabajaron para el ayuntamiento, eran quienes cargaban los pellejos con el vino hasta arriba. Pero ya no hay sacadores, ya no funcionan casi ninguna de estas grandes bodegas bajo las casas, el progreso acabó con ellas: la traída de aguas y el cemento. En 1929 se instaló el alcantarillado en la ciudad y desde entonces las filtraciones de agua han arruinado la mayoría de las bodegas, y con posterioridad muchos propietarios han reformado las bóvedas de las cuevas con cemento lo que ha creado una humedad que al final las ha destruido. Probamos el vino y nos marchamos.

Salimos de Toro y muy cerca, en Morales, pisamos la tierra arenosa y cubierta de cantos rodados de un pago de Valentín, su tío Alfonso cava en la tierra para que veamos sus cuarenta centímetros de profundidad de canto rodado y arena. Tanta piedra gasta la azada, “esta tierra come mucho hierro”. Y luego bajamos a su bodega escapando del calor y probamos su vino de 15´6 grados, que curiosamente baja fresco y ligero. “Hace sendero según baja”, constata Valentín.

Aquí los que amamos los vinos blancos aprendemos a querer esta uva tinta de Toro. Bajé al centro de esa ciudad extraña y mágica y confieso que he bebido y he escrito esto con tinta de Toro.