[lang_gl]O QUE CONTEI NA SORBONA (11-03-2010)[/lang_gl][lang_es]LO QUE CONTÉ EN LA SORBONA (11-03-2010)[/lang_es]

GEOGRAFÍA E HISTORIA DE SUSO DE TORO

Antes de nada agradezco a este departamento de literatura de la Sorbona el considerar mi obra digna de estudio y a ustedes, personas que se dedican a la investigación literaria, su atención.

¿Cómo debe presentarse un escritor ante una audiencia de universitarios estudiosos de la literatura? ¿Debe reflexionar sobre un tema literario genérico?¿Debe resumir su estética? ¿Desnudarse, mostrar sus preocupaciones y su mundo íntimo? Todo vale, creo yo. Pero como en Internet hay un libro, “Andar tropezando” (http://libreria.librodenotas.com/libros/51/andar-tropezando), que es una antología de mis puntos de vista sobre literatura, artes y cultura me ahorro hacerles aquí un resumen. En cuanto a la posibilidad de desnudar ante ustedes los resortes más o menos ocultos de mi alma creo que eso ya lo hace el autor a través de su obra, las obras de un autor son las máscaras a través de las que se muestra. Mi máscara más conseguida seguramente es mi último libro, “Sete palabras” (“Siete palabras”). Siete palabras pueden bastar para decir una vida, aunque este autor no tiene la gracia de la poesía y necesitó escribir un libro entero. Me parece que en mi caso lo mejor es resumirles que lugar y que tiempo me crió y en que arte fui educado.

Nací en Santiago, Saint Jaques, la ciudad que también es el nombre de esta calle donde se levantó el edificio de la Sorbona (Si creemos en la magia de las palabras diría que estando aquí también me siento allí). Santiago de Compostela es un lugar, mágico por otra parte, pero también es lenguaje y como tal fluye y circula como un virus que la gente trae y lleva. Por eso hay Santiagos por el mundo, en Chile, Cuba, Argentina, México…, y por eso hay tantas iglesias, capillas y hospitales por toda nuestra Europa advocados a Saint Jaques, Sant Jacob, San Giacoppo,…Pero yo vengo de Jacobusland, Galicia o Galiza. Y mi ciudad no es exactamente una ciudad, es un sepulcro y un mito, es memoria de Europa, del Reino de Galicia, de España. Los monumentos en sólida piedra de Santiago ocultan su realidad evanescente, que está hecha de memoria y palabras. Santiago es un hechizo.

Pero las personas, y aún las ciudades que son un mito encarnado, existen en el tiempo. Yo nací en la España de Franco, un régimen totalitario y nacionalista creado por curas y militares que pretendía crear un modelo de personas contrario a la modernidad, que no fuesen ciudadanos sino súbditos del estado, y que nos educaba en el nacionalismo ultracatólico y castellanista (Si la patria de cada persona es su infancia, la mía, como la de muchos españoles de hoy, es una patria asquerosa y siniestra). Probablemente un autor que modeló su memoria y su sensibilidad en un mundo así escriba luego historias cargadas de violencia y miedo.

Pero de los inviernos nacen las primaveras y también en aquella España de Franco las generaciones nacidas después de la guerra empezó a reaccionar contra los muros de aquel convento/cuartel, en Santiago en los años 67 y 68 nació una revuelta con carga política y cultural que abrió el horizonte de los jóvenes universitarios y que se extendió por la ciudad y por las ciudades de  Galicia. El antifascismo izquierdista recuperaba la lengua y la literatura prohibida en gallego y desafiaba la censura artística y todo la ideología del régimen. Las luchas estudiantiles de esos años continuaron y se unieron a las de los trabajadores de las ciudades vecinas, ese ambiente de contestación radical de los últimos años es en el que me formé de adolescente. Militancia política y radicalidad artística, aquel adolescente comunista quería ser dadaísta.

Es en la adolescencia cuando construimos la imagen adulta de nosotros que luego queremos encarnar, yo me imaginaba artista pintor o escritor y para ello me apliqué a formarme de modo autodidacta en la literatura y las artes del siglo XX. En aquella España circulaban poco las nuevas ideas artísticas e incluso había obras y libros prohibidos pero tuve la fortuna, supongo, de recibir las influencias que desde el ambiente universitario irradiaban la ciudad y de poder leer libros que entraban clandestinamente. Tenía la voluntad de seguir la tradición de la literatura moderna, Kafka, Joyce, Proust, Faulkner, Beckett…Pero también la “Nova Narrativa” gallega, pues la lengua en que se escribían aquellos libros que tenía delante, aquellos con los que yo tenía que dialogar implicaban un dilema: ¿en cuál lengua debía escribir? La palabra exacta es “debía”, pues mientras la decisión de escribir en castellano parecía “lo natural”, ya que era la lengua única y obligatoria en la que nos habían escolarizado y en la que estaban la práctica totalidad de los libros en España, la decisión de escribir en gallego suponía apoyar a una lengua que era negada, unir los propios libros a esos otros pocos libros que vivían bajo sospecha, que no aparecían en los escaparates y tenían poquísimos lectores. Decidí escribir en gallego, como le ocurrió y quizá aún ocurre a muchos escritores, por un “deber”. Es un acto consciente, una decisión. Seguramente que ello tiene muchas implicaciones, seguramente que una decisión así condiciona la obra de un autor de muchos modos. No, no somos escritores ingenuos, no podemos serlo; somos muy conscientes de la lengua, de las lenguas y de todo lo que cada lengua implica.

Empiezo a escribir, cuentos, una novela, pero llega un momento en que se me plantea como un dilema moral implicarme políticamente contra el franquismo y esa decisión me aparta diez años de la literatura. Cuando vuelvo, con una gran inseguridad tras diez años sin leer prácticamente literatura, pruebo a ensayar un lenguaje que me sirva para contar historias y que integre el lenguaje literario que me era natural en aquella tradición “moderna”, integrando también aquello que me parecía propio por generación: la cultura de los medios de comunicación audiovisual. Pero con el primer libro me doy cuenta de que no sólo cuenta la tradición y los gustos particulares: un escritor, sobre todo en sus primeras obras, se ve obligado a situarse en un contexto literario. Y ese contexto literario es, en primera instancia, el de la lengua dentro de la que escribe; porque se escribe literatura que puede tener valor universal pero se escribe siempre en una lengua, “dentro” de una lengua con sus lectores, y eso es un primer condicionante que no se puede obviar fácilmente. Podría reducirse esto, creo que un poco miserablemente, a que todo escritor tiene que hacerse un lugar, ganarse su territorio, pero creo que es algo más amplio: todo escritor de carácter trae consigo un programa por desarrollar que alterará el paisaje literario existente. Así pues mis primeros libros expresan tanto el mundo del autor como su pugna con ciertas ideas y estéticas establecidas.

En la literatura de una lengua oprimida históricamente pesa mucho la ideología, pues la literatura es utilizada como un instrumento para afirmar la existencia de una comunidad negada. Eso condiciona enormemente la creación, el lector existente es fundamentalmente ideológico y espera una reafirmación identitaria. Ello tiene consecuencias estéticas de todo tipo. En los años en que empiezo a publicar, al principio de los años ochenta, Galicia recupera el autogobierno que ya había aprobado en el año 1936 y que había perdido con el golpe de estado y la Guerra Civil, la lengua gallega entra al fin en las escuelas, en pocos años habría la primera generación que ya aprendió gallego en la escuela. Eso y el espíritu del tiempo me llevó a plantear que la literatura gallega debía intentar la “normalidad”, debería abandonar el programa de resistencia, de afirmación colectiva. El escritor debería renunciar a ser bardo comunitario y transformarse en un profesional, y expresar su subjetividad del escritor y desde ahí llegar a los lectores. En suma, planteaba la figura del escritor “burgués”, un artista profesional que dialoga libremente con un público de personas particulares (Por múltiples razones creo que esa figura de escritor llega a su fin justamente en estos años en que estamos, pero ése es otro tema). Sin duda el Suso de Toro de esos años tiene el propósito de cambiar la literatura gallega, con lo que eso supone de mesianismo, conociendo la conflictividad que eso generaría y las resistencias que desencadenaría, que fueron muchas.

Como autor me sentí durante esos años como en una campana neumática, mis libros tenían lectores, incluso éxito, pero percibía que la crítica no comprendía su labor o incluso los combatía. Decididamente, la crítica es más importante para un autor de lo que muchos críticos creen, la necesitamos. Fue ese creer que mis libros no eran bien comprendidos lo que me obligó a teorizar y poner por escrito mis puntos de vista estéticos en entrevistas, artículos de prensa e incluso a través de “boutades”. A la práctica tuve que sumarle la teoría, tenía que ser mi propio crítico. Me dediqué a modificar el contexto literario para que literatura como la mía tuviese sitio.

Llegado un momento, con varios libros detrás,  me sentí libre de la tarea de pretender modificar mi contexto, la literatura en lengua gallega. Y con la primera traducción de una novela al castellano, “Land Rover”, experimenté nuevamente que la obra de un autor, con su tradición estética personal y también generacional, existe envuelta en un contexto ideológico, cultural. Experimenté que el mismo texto en castellano era percibido a través de la idea y los tópicos que existen en España, especialmente en Madrid, de Galicia y los gallegos: mundo atávico, extraño, misterioso…Quizá haya algo de todo ello en dicha novela pero en realidad es una historia que podría estar ambientada en cualquier otra ciudad y país. En realidad la cultura nacional española tiene asignado un lugar para “lo civilizado”, ese lugar por antonomasia sería Madrid (a despecho de que existen muchas otras ciudades, empezando por Barcelona) y Galicia ocuparía el lugar de  “lo primitivo”. Realmente a un escritor le tiene que agradar sentirse perteneciente a un mundo primitivo y mágico, a mí me agrada, pero la realidad es que también somos personas contemporáneas, formadas en la cultura de nuestro tiempo como cualquier europeos.

Desde entonces he comprobado hasta que punto el mundo cultural y literario español tiene un lugar muy concreto para un autor que, siendo ciudadano español, escriba en una de las otras lenguas existentes y oficiales en España, catalán, euskera y gallego: no somos considerados “españoles”. Somos, pues, vistos como “extranjeros” siendo, en cambio, vistos los escritores en castellano mexicanos, chilenos, argentinos, peruanos…, como parte de una misma literatura. La ideología nacionalista asociada a la lengua castellana crea este disparate cívico. Así pues, aprendí que mi lugar en la literatura española era la bodega del barco, con los bultos.

Realmente, creo que la obra de un autor sólo es leída cabalmente por un lector “extranjero”, alguien que desconozca el país donde escribe el autor y que no tenga referencia alguna. Sólo así se puede dialogar directamente con el texto. En mi caso, creo que se me lee mejor en francés, italiano, alemán, checo, griego, holandés, inglés…, en cualquier otro idioma, que en gallego o castellano.

Por otro lado, junto a ese aprendizaje de los límites culturales, ideológicos, en que existe la propia obra, uno evoluciona como autor de un modo profundo. Escribir un libro tras otro es el modo que tiene el autor de estar en la vida, es su experiencia. Y es con la experiencia como se aprende de la vida. El autor es siempre el mismo, la misma sensibilidad, la misma memoria esencial, el mismo mundo de infancia y juventud que lo formaron, pero se transforma. Creo que hay un cambio en mi obra a partir de un momento determinado, lo resumo diciendo que al principio traté de reflejar la vida tal como la percibía, como ruptura y caos,  y que luego intenté encontrarle un sentido trascendente, interpretarla y buscarle el argumento a través de la narración, la fábula y el mito.

Y acabo yendo  a lo esencial: ¿qué es para mí la literatura y en concreto la ficción? La literatura me permite vivir la vida más intensamente, diría que el modo más pleno de vivir la vida nos lo da la literatura pues nos da algo de lo que hemos perdido en nuestro tiempo profano, donde la vida se muestra como intrascendente. La literatura nos muestra la vida en su trascendencia, nos muestra lados de la experiencia que la palabra que usamos a diario no puede mostrar.Leer ficción es una fuga de esta realidad pero cuando volvemos a ella la reconocemos más plena, más viva.

Y creo que ya he contado bastante. Lo demás, son los libros que uno escribió. Muchas gracias.