[lang_gl]LITERATURA, RELIXIÓN[/lang_gl][lang_es]LITERATURA, RELIGIÓN[/lang_es]

[lang_gl] Xa hai un ano publiquei no suplemento Culturas que edita o xornal “La Vanguardia” un artigo sobre relixión, relixiosidade, “La religión entre nosotros (Los que hablamos a los muertos)” escrito desde min, desde a miña experiencia persoal. Iso deu lugar a un debate para min moi interesante. O texto foi lido en Catalunya e desde alí propuxéronlle ao teólogo Víctorino Pérez Prieto que abrisemos un debate a partir de aí nas páxinas da revista “Iglesia viva”. Agora saiu publicado ese intercambio intelectual, que para min incorpora o lado experiencial, íntimo. 

   Coidei que nunca podería debate algo tan importante cun algo de calma, coidei que xa non había debate posíbel na España das trivialidades e as ideas  tópicamente modernas. Eis un debate aberto. Gostaría de seguir.

 
LA RELIGIÓN ENTRE NOSOTROS (LOS QUE HABLAMOS A LOS MUERTOS)
     Para el cardenal Cañizares España nació católica y sin esa fe dejaría de ser España, y lo dice con el peso de ser miembro de la Real Academia de la Historia. Se trata de pura ideología política, el integrismo católico que, efectivamente, está en el tronco de la historiografía y del nacionalismo tradicional español. La Iglesia católica fue y es el intelectual de la España integrista y reaccionaria y, cuando es necesario, el agente movilizador y provocador. Por eso no fue posible un fascismo español neto, el proyecto falangista, y el franquismo acabó siendo un régimen totalitario nacional católico. España era suya. Pero la bulimia de poder de los obispos sigue siendo tal que por recuperar la cabecera en un estado confesional se han transformado en una corriente política organizada, que hasta el momento se expresa a través del PP. Y es tal su desafío a la soberanía de la ciudadanía que nos obliga a todos a definirnos a favor o en contra suya.
          Pero dejemos por un momento la política y los fundamentalismos, dejemos en su mundo a esos varones célibes obsesionados con la sexualidad y atrevámonos a hablar de religión. O de religiosidad, o de nosotros los humanos, estas bestias que soñamos y ensoñamos. Compartimos con otros mamíferos el soñar durante el dormir pero el lenguaje, que es lo humano, nos permite también ensoñar durante la vigilia. Somoslenguaje, esa flecha poderosa que nos permite viajar fuera del espacio y tiempo, con el lenguaje nos desplazamos hacia atrás y hacia delante, formulamos lo vivido e imaginamos futuros posibles. El lenguaje nos permite que la memoria y la imaginación duren más allá del momento y nos permite la conciencia. Con el lenguaje, la conciencia, ensanchamos y reventamos el aquí y el presente, trascendemos el espacio y el tiempo. El trascender, la capacidad de ultrapasar los límites de la percepción sensorial inmediata, es lo específico humano. Somos trascendedores, máquinas de trascender. Máquinas de hacer planes, de imaginar, buscar significado, sentido.
           Por eso los humanos hemos ensanchado el mundo, desde que sabemos hablar hemos creado un mundo virtual, paralelo al que habita nuestro cuerpo, un mundo inmaterial pero existente. Los humanos creamos “software” igual que las arañas su tela. Nuestro cuerpo está hecho de la misma materia que el resto del mundo, carbono, polvo de estrellas al fin, pero el “software” que hemos creado y que venimos transmitiéndonos desde hace miles de años es exclusivamente creación humana. Ese software crea el mundo, ¿no es a eso a lo que apunta la física cuántica, a que las cosas solo existen cuando las miramos?
            La religión es parte de ese mundo que hemos creado con nuestra mirada, soñado. La religión es creación nuestra, aunque en algunas ocasiones y lugares los humanos hemos soñado dioses que se nos aparecían y nos revelaban su palabra, su religión. La religión es la forma en que hemos formulado hasta hoy la conciencia de que la vida humana es mágica y trascendente. El conocimiento de las distintas dimensiones de la trascendencia está repartido entre las diversas formas de religión, del panteísmo y el chamanismo al sintoísmo o a las religiones monoteístas. Del extatismo budista al dramatismo y la escatología del judaísmo y el cristianismo. Todos los momentos y formas de la vida trascendente están en las religiones, desde la disolución del yo hasta el darle sentido a la historia colectiva. La religión dio sentido a la conciencia histórica que es propia de los pueblos, pues los humanos no vivimos sólos sino formando grupos, pueblos, y así han vivido siempre las diversas civilizaciones y aún hoy viven estados contemporáneos, desde Israel a Estados Unidos, pasando por los estados confesionales musulmanes.
           Es en Europa donde se discute el papel y lugar de la religión. Europa es el laboratorio de ideas, la vanguardia de esta civilización que ella misma ha creado y expandido, y siendo esta civilización antes de nada un producto del judeocristianismo hoy está ensayando el vivir sin religión. ¿Es posible esto? Creo que no.
           Probablemente Europa siente menos la necesidad de una religión explícita que, por ejemplo, los habitantes de EE.UU., que necesitan invocar a Dios continuamente porque habitan un territorio vacío, sin argumento, sin historia, adánico; mientras nuestro territorio está cargado todo el de memoria histórica, es decir comunitaria. La conciencia histórica, las memorias colectivas nacionales, los lazos de pertenencia a lugares y comunidades tan propios de la cultura europea y existentes aún dan sentido de trascendencia a la vida de los europeos, les hace sentirse menos sólos y da sentido a sus vidas y sus actos. Los europeos se sienten “pertenecer” a algo que tiene mucho pasado y desde donde miran hacia el futuro, es una forma de religación, de religión, que los descendientes del “Mayflower” no tienen. Pero en realidad solo unos pocos nos creemos el discurso de la modernidad, que el mundo está muerto, vació, que es completamente profano, que está desacralizado; la gente común, afortunadamente, sigue sabiendo que hay lugares especiales y que tienen significado y otorgan sentido a nuestras vidas.
       Para los europeos existieron otras dimensiones de la experiencia religiosa, como bien nos recordó Rudolf Otto en su ensayo sobre lo sagrado, pero para las generaciones que hoy ocupan el poder y son hegemónicas no hay sitio ya para el sobrecogimiento y el espanto ante lo numénico, no invocamos a los dioses y tampoco nos visitan. Hace mucho ya que Hölderlin los extrañó y añoró. Nuestro yo orgulloso no se humilla, no se arrodilla ante dios alguno ni ante nada. Somos libres, pero ¿y si nuestro secreto fuese que necesitamos ser humillados, domados como los caballos? ¿Es el masoquismo el centro oculto de  nuestra cultura moderna? ¿Seguro que podemos vivir sin la gran culpa? ¿Se puede vivir sin absolución? ¿Ante quién nos humillaremos avergonzados para implorar perdón por lo imperdonable? Vergüenza y culpa, son tan poco modernas; pero están en nuestro ADN, aunque lo neguemos.
          Entre nosotros solo queda sitio para el leve estremecimiento ante un paisaje impresionante o el arrobo de la música. Las emociones que nos producen los “Requiem” de Mozart, Verdi, Britten o Fauré, por ejemplo, son una anomalía que manejamos escrupulosamente y que depositamos en un lugar donde no nos perturba, el campo del arte, pero que no dicen nada a nuestras vidas cuidadosamente escindidas y compartimentadas. Para nosotros es música eviscerada y deshuesada, olvidamos su centro, un rito sagrado, y disfrutamos de su envoltura esterilizada. Somos cursis hasta la refinada crueldad, no salvajes.
         Las generaciones devotas de la razón apolínea creemos que nuestra parte de la cultura europea es universal y atemporal, pero quizá  estemos embotadas o equivocadas, y pudiera ser que nos corrigiesen las venideras. Esas que ahora ingieren tóxicos sicotrópicos y danzan ciegas en las pistas de baile o se embriagan de “botellón” nos recuerdan la persistente necesidad de disolución del yo y de la integración o reintegración en algún todo o cualquier cosa. Desvanecidos los discursos historicistas de la modernidad queda un vacío de orientación y de sentido. Pero, además, ¿seguro que no creemos en lo sagrado, en que exista algo sagrado? ¿Entonces qué es lo que sentimos ante la tortura? ¿No conocemos ahí que se profana un cuerpo? Sentimos que la tortura es ultrapasar un límite, que el cuerpo humano es sagrado, trata a lo más  humano como si no lo fuese, como si fuese una res, que etimológicamente es una “cosa”. La experiencia de la violación, el transformar por la fuerza un cuerpo en objeto, un objeto que se enajena de su dueña, es algo semejante. El horror y la repugnancia que nos inspiran la tortura y la violación solo se puede expresar cabalmente con lenguaje religioso: profanación y sacrilegio.
           La religiosidad se nos sigue apareciendo bajo nuevas formas de apariencia secular, la veneración por el mundo vivo y por la memoria comunitaria.  ¿O no es acaso la ecología una forma de religación? La forma actual de la conciencia de pertenecer al mundo, de formar parte de un todo; de un mundo que está vivo, no un espacio muerto como nos enseñó la modernidad. Y, precisamente por la creación de un espacio mundial único, se reformularán los nacionalismos y los discursos comunitaristas que son formas históricas de religión.
        Pero probablemente en nuestra Europa fracase la pretensión del astuto Benedicto XVI, hace mucho tiempo que no es ya posible que Roma vuelva a regir la vida social, la moral y las leyes, esa pretensión conduce precisamente a que el catolicismo fracase en su influencia y se transforme en secta, pero de algún modo las distintas confesiones nos ofrecerán una oferta renovada de prácticas religiosas. Quizá al modo de la capilla “universal” de los grandes aeropuertos, la T4 por ejemplo, un lugar recogido donde uno puede recogerse u orar, tenga uno confesión religiosa o no. Pues aunque nos sentimos fuertes en la desesperación suplicamos, imprecamos, blasfemamos…, oramos. Y nuestra inteligencia puede calcular según el álgebra pero nuestra mente solo puede imaginar a través de mitos, los mitos no preexisten al ser humano sino que forman parte intrínseca nuestra, son las formas de nuestra mente. Nuestra mente, como creía Pitágoras, hace con naturalidad de los números cifras que encierran el mundo.
          Las religiones, además, nos proporcionan algo que necesitamos, además de los mitos, los ritos. Igual que nuestra civilización es una emanación del judeocristianismo también en nuestra vida civil y profana conservamos el eco de los ritos religiosos que articularon nuestra vida, ritos de recibimiento, de paso y de despedida. Y que nuestra mente sigue necesitando, o nuestra alma. El rito es un lenguaje necesario entre nuestro yo y el mundo y se da la paradoja de que cuanto más perdamos los ritos articuladores de nuestra vida más rituales neuróticos crearemos; cuanto menos significado tengan los actos de nuestros días y menos pautados estén más compulsivos seremos, menos dueños de nosotros.       
      En realidad una vida sin religión o religiosidad, sin sentido de trascendencia, no es plenamente humana pues lo específicamente humano, el lenguaje, nace para solucionar un problema propio de nuestra especie, la conciencia insoportable del yo y su límite, la muerte. Con el lenguaje es con lo que nos esforzamos por romper nuestra soledad e integrar la muerte en nuestras vidas, darle sentido y eso lo consigue el lenguaje religioso, es lo que nos permite hablar con nuestros muertos y situar en el tiempo a nuestros descendientes. Somos los que hablamos a los muertos, esos somos. Y la religión es la emoción que acompaña a nuestra inteligencia.

 

/lang_gl][lang_es] Hace un año ya publiqué en el suplemento Culturas que edita el periódico “La Vanguardia” un artículo sobre religión /religiosidad, “La religión entre nosotros (Los que hablamos a los muertos)”. Eso ha dado lugar a un debate para mí muy interesante. El artículo fue leído en Catalunya y desde el mundo de cristianos críticos de allí le propusieron al teólogo Victorino Pérez Prieto que me dirigiese una carta abierta a la que yo contestaría. Eso hicimos. Y eso aparece ahora publicado en papel en la revista “Iglesia viva” ese debate que, para mí, incorpora lo experiencial, la vivencia. 

     Creí que nunca podría debatir algo tan serio en esta España de las trivialidades y los tópicos modernos. Ahí queda un debate abierto. Me encantaría seguir.

    

LA RELIGIÓN ENTRE NOSOTROS (LOS QUE HABLAMOS A LOS MUERTOS)
     Para el cardenal Cañizares España nació católica y sin esa fe dejaría de ser España, y lo dice con el peso de ser miembro de la Real Academia de la Historia. Se trata de pura ideología política, el integrismo católico que, efectivamente, está en el tronco de la historiografía y del nacionalismo tradicional español. La Iglesia católica fue y es el intelectual de la España integrista y reaccionaria y, cuando es necesario, el agente movilizador y provocador. Por eso no fue posible un fascismo español neto, el proyecto falangista, y el franquismo acabó siendo un régimen totalitario nacional católico. España era suya. Pero la bulimia de poder de los obispos sigue siendo tal que por recuperar la cabecera en un estado confesional se han transformado en una corriente política organizada, que hasta el momento se expresa a través del PP. Y es tal su desafío a la soberanía de la ciudadanía que nos obliga a todos a definirnos a favor o en contra suya.
          Pero dejemos por un momento la política y los fundamentalismos, dejemos en su mundo a esos varones célibes obsesionados con la sexualidad y atrevámonos a hablar de religión. O de religiosidad, o de nosotros los humanos, estas bestias que soñamos y ensoñamos. Compartimos con otros mamíferos el soñar durante el dormir pero el lenguaje, que es lo humano, nos permite también ensoñar durante la vigilia. Somoslenguaje, esa flecha poderosa que nos permite viajar fuera del espacio y tiempo, con el lenguaje nos desplazamos hacia atrás y hacia delante, formulamos lo vivido e imaginamos futuros posibles. El lenguaje nos permite que la memoria y la imaginación duren más allá del momento y nos permite la conciencia. Con el lenguaje, la conciencia, ensanchamos y reventamos el aquí y el presente, trascendemos el espacio y el tiempo. El trascender, la capacidad de ultrapasar los límites de la percepción sensorial inmediata, es lo específico humano. Somos trascendedores, máquinas de trascender. Máquinas de hacer planes, de imaginar, buscar significado, sentido.
           Por eso los humanos hemos ensanchado el mundo, desde que sabemos hablar hemos creado un mundo virtual, paralelo al que habita nuestro cuerpo, un mundo inmaterial pero existente. Los humanos creamos “software” igual que las arañas su tela. Nuestro cuerpo está hecho de la misma materia que el resto del mundo, carbono, polvo de estrellas al fin, pero el “software” que hemos creado y que venimos transmitiéndonos desde hace miles de años es exclusivamente creación humana. Ese software crea el mundo, ¿no es a eso a lo que apunta la física cuántica, a que las cosas solo existen cuando las miramos?
            La religión es parte de ese mundo que hemos creado con nuestra mirada, soñado. La religión es creación nuestra, aunque en algunas ocasiones y lugares los humanos hemos soñado dioses que se nos aparecían y nos revelaban su palabra, su religión. La religión es la forma en que hemos formulado hasta hoy la conciencia de que la vida humana es mágica y trascendente. El conocimiento de las distintas dimensiones de la trascendencia está repartido entre las diversas formas de religión, del panteísmo y el chamanismo al sintoísmo o a las religiones monoteístas. Del extatismo budista al dramatismo y la escatología del judaísmo y el cristianismo. Todos los momentos y formas de la vida trascendente están en las religiones, desde la disolución del yo hasta el darle sentido a la historia colectiva. La religión dio sentido a la conciencia histórica que es propia de los pueblos, pues los humanos no vivimos sólos sino formando grupos, pueblos, y así han vivido siempre las diversas civilizaciones y aún hoy viven estados contemporáneos, desde Israel a Estados Unidos, pasando por los estados confesionales musulmanes.
           Es en Europa donde se discute el papel y lugar de la religión. Europa es el laboratorio de ideas, la vanguardia de esta civilización que ella misma ha creado y expandido, y siendo esta civilización antes de nada un producto del judeocristianismo hoy está ensayando el vivir sin religión. ¿Es posible esto? Creo que no.
           Probablemente Europa siente menos la necesidad de una religión explícita que, por ejemplo, los habitantes de EE.UU., que necesitan invocar a Dios continuamente porque habitan un territorio vacío, sin argumento, sin historia, adánico; mientras nuestro territorio está cargado todo el de memoria histórica, es decir comunitaria. La conciencia histórica, las memorias colectivas nacionales, los lazos de pertenencia a lugares y comunidades tan propios de la cultura europea y existentes aún dan sentido de trascendencia a la vida de los europeos, les hace sentirse menos sólos y da sentido a sus vidas y sus actos. Los europeos se sienten “pertenecer” a algo que tiene mucho pasado y desde donde miran hacia el futuro, es una forma de religación, de religión, que los descendientes del “Mayflower” no tienen. Pero en realidad solo unos pocos nos creemos el discurso de la modernidad, que el mundo está muerto, vació, que es completamente profano, que está desacralizado; la gente común, afortunadamente, sigue sabiendo que hay lugares especiales y que tienen significado y otorgan sentido a nuestras vidas.
       Para los europeos existieron otras dimensiones de la experiencia religiosa, como bien nos recordó Rudolf Otto en su ensayo sobre lo sagrado, pero para las generaciones que hoy ocupan el poder y son hegemónicas no hay sitio ya para el sobrecogimiento y el espanto ante lo numénico, no invocamos a los dioses y tampoco nos visitan. Hace mucho ya que Hölderlin los extrañó y añoró. Nuestro yo orgulloso no se humilla, no se arrodilla ante dios alguno ni ante nada. Somos libres, pero ¿y si nuestro secreto fuese que necesitamos ser humillados, domados como los caballos? ¿Es el masoquismo el centro oculto de  nuestra cultura moderna? ¿Seguro que podemos vivir sin la gran culpa? ¿Se puede vivir sin absolución? ¿Ante quién nos humillaremos avergonzados para implorar perdón por lo imperdonable? Vergüenza y culpa, son tan poco modernas; pero están en nuestro ADN, aunque lo neguemos.
          Entre nosotros solo queda sitio para el leve estremecimiento ante un paisaje impresionante o el arrobo de la música. Las emociones que nos producen los “Requiem” de Mozart, Verdi, Britten o Fauré, por ejemplo, son una anomalía que manejamos escrupulosamente y que depositamos en un lugar donde no nos perturba, el campo del arte, pero que no dicen nada a nuestras vidas cuidadosamente escindidas y compartimentadas. Para nosotros es música eviscerada y deshuesada, olvidamos su centro, un rito sagrado, y disfrutamos de su envoltura esterilizada. Somos cursis hasta la refinada crueldad, no salvajes.
         Las generaciones devotas de la razón apolínea creemos que nuestra parte de la cultura europea es universal y atemporal, pero quizá  estemos embotadas o equivocadas, y pudiera ser que nos corrigiesen las venideras. Esas que ahora ingieren tóxicos sicotrópicos y danzan ciegas en las pistas de baile o se embriagan de “botellón” nos recuerdan la persistente necesidad de disolución del yo y de la integración o reintegración en algún todo o cualquier cosa. Desvanecidos los discursos historicistas de la modernidad queda un vacío de orientación y de sentido. Pero, además, ¿seguro que no creemos en lo sagrado, en que exista algo sagrado? ¿Entonces qué es lo que sentimos ante la tortura? ¿No conocemos ahí que se profana un cuerpo? Sentimos que la tortura es ultrapasar un límite, que el cuerpo humano es sagrado, trata a lo más  humano como si no lo fuese, como si fuese una res, que etimológicamente es una “cosa”. La experiencia de la violación, el transformar por la fuerza un cuerpo en objeto, un objeto que se enajena de su dueña, es algo semejante. El horror y la repugnancia que nos inspiran la tortura y la violación solo se puede expresar cabalmente con lenguaje religioso: profanación y sacrilegio.
           La religiosidad se nos sigue apareciendo bajo nuevas formas de apariencia secular, la veneración por el mundo vivo y por la memoria comunitaria.  ¿O no es acaso la ecología una forma de religación? La forma actual de la conciencia de pertenecer al mundo, de formar parte de un todo; de un mundo que está vivo, no un espacio muerto como nos enseñó la modernidad. Y, precisamente por la creación de un espacio mundial único, se reformularán los nacionalismos y los discursos comunitaristas que son formas históricas de religión.
        Pero probablemente en nuestra Europa fracase la pretensión del astuto Benedicto XVI, hace mucho tiempo que no es ya posible que Roma vuelva a regir la vida social, la moral y las leyes, esa pretensión conduce precisamente a que el catolicismo fracase en su influencia y se transforme en secta, pero de algún modo las distintas confesiones nos ofrecerán una oferta renovada de prácticas religiosas. Quizá al modo de la capilla “universal” de los grandes aeropuertos, la T4 por ejemplo, un lugar recogido donde uno puede recogerse u orar, tenga uno confesión religiosa o no. Pues aunque nos sentimos fuertes en la desesperación suplicamos, imprecamos, blasfemamos…, oramos. Y nuestra inteligencia puede calcular según el álgebra pero nuestra mente solo puede imaginar a través de mitos, los mitos no preexisten al ser humano sino que forman parte intrínseca nuestra, son las formas de nuestra mente. Nuestra mente, como creía Pitágoras, hace con naturalidad de los números cifras que encierran el mundo.
          Las religiones, además, nos proporcionan algo que necesitamos, además de los mitos, los ritos. Igual que nuestra civilización es una emanación del judeocristianismo también en nuestra vida civil y profana conservamos el eco de los ritos religiosos que articularon nuestra vida, ritos de recibimiento, de paso y de despedida. Y que nuestra mente sigue necesitando, o nuestra alma. El rito es un lenguaje necesario entre nuestro yo y el mundo y se da la paradoja de que cuanto más perdamos los ritos articuladores de nuestra vida más rituales neuróticos crearemos; cuanto menos significado tengan los actos de nuestros días y menos pautados estén más compulsivos seremos, menos dueños de nosotros.       
      En realidad una vida sin religión o religiosidad, sin sentido de trascendencia, no es plenamente humana pues lo específicamente humano, el lenguaje, nace para solucionar un problema propio de nuestra especie, la conciencia insoportable del yo y su límite, la muerte. Con el lenguaje es con lo que nos esforzamos por romper nuestra soledad e integrar la muerte en nuestras vidas, darle sentido y eso lo consigue el lenguaje religioso, es lo que nos permite hablar con nuestros muertos y situar en el tiempo a nuestros descendientes. Somos los que hablamos a los muertos, esos somos. Y la religión es la emoción que acompaña a nuestra inteligencia.

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